Revista de Libros está convencida de que la cultura se hace entre muchos. Ningún autor escribe sólo para sí; ningún lector recorre las páginas de un libro sin la ambición o la esperanza de contrastar sus impresiones con otros lectores, o, idealmente, con el propio autor del texto. Este es el motivo por el que invitamos a quienes visiten nuestras páginas a verter sus opiniones con entera libertad.

Las voces de ustedes llegarán al crítico y al autor reseñado. Y con frecuencia encontrarán un eco: el eco de otros lectores, y el eco de los críticos y del escritor criticado. No existe libro, por excelente que sea, que no contenga algún error; ni existe punto de vista, por capaz que parezca, que no pueda completarse con otros puntos de vista. Por supuesto, el director se reserva el derecho de publicar sólo los comentarios que sean constructivos, interesantes, o insinúen un ángulo nuevo. Por supuesto, aceptamos correcciones, y estaremos encantados de remediar descuidos o errores. Las glosas se someterán a edición, con el fin de reducirlas a un tamaño razonable en aquellos casos en que sean demasiado extensas. Pero estamos genuinamente interesados en conocer sus observaciones y discrepancias, y transmitirlas a los frecuentadores de este espacio digital. No nos gusta la unanimidad, ni nos sentimos satisfechos con los argumentos de autoridad. Pensamos también que una revista crítica está obligada a someterse a las normas que pone en práctica a lo largo de sus páginas. Este espacio les invita a participar, en el sentido más aventurero y generoso de la palabra.

CARTAS SELECCIONADAS
La obra de Giovanna Rivero
Verónica Saunero Ward | Las Vegas
Leí con creciente desaliento la reseña del 10 de abril de Ricardo Bada sobre la colección de cuentos Niñas y detectives de Giovanna Rivero, publicada por la editorial española Bartleby el 2009. Desafortunadamente, este artículo no revela nada de la obra de G. Rivero. Hay más de prepotencia que de conocimiento crítico y literario, y una falta total de responsabilidad al público lector. Por ejemplo, según Bada, la narrativa de Rivero podría dejar pasmado a un público regional (épater le Bolivien) pero desde una perspectiva internacional, carece de originalidad y es derivativa. ¿A qué aspecto de la escritura de Rivero se refiere Bada? : ¿a la temática?, ¿a la técnica?, ¿al lenguaje? Si la narrativa no es original, ¿a qué autores imita Rivero? ¿Cuál es una obra original según su opinión?

A Bada no le interesa el elemento sexual en un texto literario. Está bien. Pero el público que lee esta reseña, tal vez querrá saber cuál es el tratamiento que Rivero le da en su obra. ¿El sexo es pornográfico, erótico, paródico, lúdico o simplemente gratuito? Este reseñista se refiere al exotismo como una ventaja de Rivero. ¿Dónde está el exotismo? La obra de Giovanna Rivero no lleva ninguna impronta regional ni mensaje socio-político, ¿por qué, entonces, el énfasis en su origen? o ¿es que Bada se refiere al aspecto físico de la escritora? Los prejuicios de Bada salen a relucir vergonzosamente.
Los únicos comentarios específicos a los cuentos: el uso del adjetivo "bicolor" y el número de ardillas que pueden entrar por una ventana en un minuto (¡!) no tienen ninguna relevancia literaria. Es más, antes de dar una lección de lenguaje, es bueno recordar que un idioma está en continua evolución; que la lingüística descriptiva se basa en el estudio de la lengua en acción; que el uso decide la regla y no viceversa, y que hay más de 400 millones de hispanoparlantes en el mundo.
A pesar de todo, Ricardo Bada no puede negar que Giovanna Rivero es una buena escritora. Y nosotros, sus lectores, quedamos con la certeza de haber leído una mala reseña.

Verónica Saunero Ward
Ph.D. Associate Professor of Spanish
New Mexico Highlands University
Volver sobre Cánovas y las derechas
José Antonio Piqueras |
En el número del verano, Revista de Libros incluyó una extensa reseña de mi libro Cánovas y la derecha española. Del magnicidio a los neocon. La firmaba Javier Moreno Luzón. A mi gusto, le faltaba finura y reconocerse motu proprio. El mío, es un libro sobre Cánovas sin ser una biografía convencional; se ocupa de la Restauración sin ser un estudio del periodo; dedica dos terceras partes al siglo XX, a políticos e historiadores en su afán de hacer del pasado lo que más convenga al presente. En esa triple perspectiva, a nuestro crítico le trae al pairo Cánovas y la Restauración para centrarse en lo que realmente (le) importa. ¿Y qué es tal cosa? Sin duda, de lo que precisamente trata nuestra obra. Y al preferir esa posibilidad, el crítico confirma nuestro planteamiento y lo ilustra con un nuevo caso.

Partamos de que la imagen de Cánovas, forjada en diferentes momentos, es una marca convertida en patrimonio nacional a partir de la Transición, de la segunda Restauración, y del empeño conmemorativo e historicista de la Administración de José María Aznar. Ahora se nos viene a decir que no es relevante indagar en quiénes, por qué procedimiento y con qué finalidad ha sido construida tal imagen. Sucede cuando nunca había sido de tanta actualidad conocer las lacras de un sistema que, sin crearlas, las consagró entre las prácticas cotidianas, en el diagnóstico de Ortega. En fin, será preferible dejar la Restauración en un gracioso e interminable anecdotario, una época saturada de casticismo, de simpáticas zarzuelas, sin fosos en Montjuic, por no relacionar lo que vino después con las raíces de un régimen impostado.

Sostiene Moreno Luzón que nuestra biografía desconoce el orden cronológico y las novedades metodológicas. Lleva toda la razón en lo primero. Hace veinte años, cuando se anunciaba el retorno de la biografía -nueva, ¿podía ser de otra forma?- Jacques Le Goff advertía del regreso de la tradición “llanamente cronológica”, y afirmaba: “Es el retorno de los emigrados después de la Revolución francesa y el Imperio que nada habían aprendido y nada olvidado”. Debatir sobre Cánovas y la Restauración parece una empresa destinada al desaliento pues ninguna evidencia demostrará nada que escape al canon acomodado por los nuevos historiadores políticos, tan cercanos a los antiguos en métodos y conclusiones, tan distantes en erudición. El problema, entonces, es otro: ¿podemos examinar la cultura del franquismo y su producción historiográfica, separándola de las convicciones de sus autores, de la ideología que compartían y de la función que atribuían al discurso histórico? ¿Y si llevamos la cuestión al momento posterior, el de la Transición y la democracia feliz de nuestros días? El artículo de Moreno reivindica el valor de obras y autores por encima de toda sospecha, atrincherado en adjetivos. Bastará un ejemplo: ¿cómo puedo sostener que el insigne Luis Díez del Corral elaboró su estudio sobre el liberalismo doctrinario en el marco de los planes políticos alternativos al liberalismo individual y al parlamentarismo representativo, a la democracia inorgánica y, en general, al sistema de libertades? ¿Quizá porque su tesis es de 1944 y había comenzado a prepararla dos años antes, justo cuando se anunció la creación de las Cortes? ¿Porque el autor se había afiliado a Falange y era investigador del Instituto de Estudios Políticos, el centro intelectual del partido único y del régimen entonces dirigido por el adalid del totalitarismo nacional, Francisco Javier Conde? Parecen buenas pistas, como la de saber que escribió y presentó la tesis siendo procurador nato en las Cortes franquistas por la Organización Sindical. Además… está su obra. Que nuestro crítico haya sido subdirector del organismo sucesor no le obliga a identificarse con la institución y a defender una neutralidad ideológica que sin duda habrá ejercido durante su mandato, en el cual, curiosamente, pasó a estudio por el CEPC el proyecto de ley de Memoria Histórica.

Parece que revisar la trayectoria y el legado de insignes intelectuales franquistas es de mal gusto. Con tantos discípulos agradecidos que han dejado y, lo que resulta más inquietante, con tantos como se reconocen en sus maestros. La funesta manía de relacionar hechos e indicios nos ha llevado a establecer filiaciones en las tradiciones intelectuales, por aquello de comprender mejor los consensos historiográficos, digamos sobre Cánovas. Siguiendo el método indagatorio y el cotejo de textos, por mucho que le extrañe a Moreno, es posible asociar las ideas de historiadores vivos –no diré actuales- y hasta respetados, con las de escritores nacional-sindicalistas. La Transición, además de hacer posible el futuro, nos dio un nuevo pasado. Pero los hechos siguen donde estaban.

A nuestro crítico, por último, le parece inadmisible la mención de un caso flagrante de criptonesia. Moreno prefiere hablar de plagio, también otros ilustres lectores que me han manifestado su convicción a la vista de los textos reproducidos. A qué viene escandalizarse porque se haya señalado para otro historiador, también muy respetado (¡Menuda tropa!, hubiera exclamado Romanones), en lugar de reprobar el delito. Las cosas, en fin, no son verosímiles o inverosímiles cuando se ofrecen evidencias. Creo haberlas ofrecido también sobre Cánovas, la Restauración y una cohorte de políticos que buscaron en la historia elementos de legitimidad forzándola a su antojo: de Cánovas a la FAES; y de historiadores que acondicionan a la conveniencia los usos de una profesión tan flexible como la nuestra.

El crimen de Santa Águeda fue desgraciado. Podemos trivializar las versiones inconexas de los hechos sin ser acusados de apología del terrorismo, creo. Hay crímenes peores, decía Max Aub. Algunos están a nuestro alcance. El falseamiento deliberado del pasado nos habla de quienes lo practican y de la sociedad dispuesta a aceptarlo. No es posible ignorar estas cosas sin hacerse cómplice de la impostura.
Energías renovables
Héctor Parra Riffo | Santiago
Sr. Director:

En su ameno e informativo artículo sobre el futuro de la energía, el Prof. Juan Gómez Cadenas afirma que los recursos hidráulicos son limitados y están explotados en la mayor parte del mundo. Sin embargo, he encontrado interesantes datos sobre la energía de las mareas. Especialmente disponible entre las latitudes 40 y 60 de ambos hemisferios, la energía contenida a nivel mundial es de 3000 GW. Una central a carbón típica produce apenas 500 MW. Hay alguna experiencia en Francia, las islas británicas y la costa noroeste de los EE.UU.

En síntesis, parece haber aquí una veta atractiva para explorar, en cuanto a energía renovable se refiere.

Atentamente,
Héctor Parra Riffo
Clásicas y Modernas
Laura Freixas | Madrid
Estimado señor director:

Aprovecho la invitación que tan amablemente me ha enviado, como a otras muchas personas, animándonos a escribir a Revista de Libros, para comentarle un tema que me preocupa, a saber: la escasa presencia de mujeres en sus páginas.

He aquí las cuentas de los últimos números de la publicación. En el de enero, figuran 28 artículos, en los que se reseñan obras de 32 autores. En el de febrero, 30, referidos a obras de 41 autores. En el de marzo, 28 y 36, respectivamente. Pues bien, en enero, de los 32 libros reseñados, 30 son masculinos y de los 28 colaboradores, son varones 23. En febrero, de los 41 autores cuyas obras se reseñan son varones 40 y de los 30 articulistas, 30. En marzo, la proporción de varones es de 30 entre 36 y de 24 entre 28. En resumen, de los 109 escritores que han tenido el honor de ver reseñadas sus obras en las prestigiosas páginas de su revista durante el primer trimestre de este año, son varones 100 (92 %), y de los 86 colaboradores que han tenido a su vez el honor de escribir en ellas, lo son 77 (90 %).

Semejantes porcentajes presentan a primera vista una disparidad sorprendente con los de la población en general, dividida entre mujeres y varones más o menos al 50 %. Podría ser, claro está, que este no fuera el caso en la élite intelectual. Tal vez lo que ocurre es que ésta es masculina en su práctica totalidad, en cuyo caso, Revista de Libros se limitaría a reflejar una realidad. ¿Es así?

Las personas cuyo nombre aparece en Revista de Libros se distribuyen en dos categorías: escritores (autores de los libros reseñados) y críticos (autores de las reseñas). En cuanto a los primeros, el único estudio que conozco es el que yo misma hice en 1999 para incluirlo en mi libro Literatura y mujeres (ed. Destino, Barcelona, 2000). Examinando los boletines de novedades correspondientes a ese año de 15 editoriales españolas representativas en los ámbitos de poesía, narrativa y ensayo, encontré que la proporción de mujeres entre los autores era de un 20 % aproximadamente. No es mucho, pero es más del doble que ese 8 % que les asigna Revista de Libros.

En cuanto a los críticos, cabe suponer que se reclutan entre los licenciados en Humanidades. Según las estadísticas del Ministerio de Educación, se licencian en Humanidades en España 6 mujeres por cada 4 varones, un 60 %. Revista de Libros les reserva el 10 % de los puestos.

¿A qué puede deberse esta situación tan singular? Me imagino (por experiencia) que están ustedes convencidos de que atienden, no al sexo de la persona, sino a la calidad de la obra. ¿No les parece llamativo que lo que a su juicio es calidad coincida, en un 90 % largo de los casos, con un firmante masculino? ¿Puedo sugerir alguna otra explicación?

Hace muchos años, más de diez, que adquirí la costumbre de recortar y guardar todas las críticas literarias que leo en las que se alude de algún modo a varones y mujeres, a lo femenino y masculino. Pieza a pieza, van componiendo un interesante rompecabezas en el que terminan por distinguirse algunas líneas maestras. (Las he analizado en un ensayo titulado La novela femenil y sus lectrices. La desvalorización de las mujeres y lo femenino en la crítica literaria española actual, que publicará próximamente la Universidad de Córdoba.) El principal denominador común consiste en que cuando una obra de una mujer es (a juicio del crítico) mala, dicho crítico aprovecha la ocasión para arrojar el descrédito o por lo menos la sospecha sobre las mujeres y lo femenino en general. Por el contrario, cuando una obra masculina es (a juicio del crítico) mala, la descalificación no va más allá de la obra singular, del autor como individuo. Es así como las mujeres, todas, vamos pagando los platos rotos de la mala calidad (real o supuesta) de tal o cual obra de una de nuestras congéneres.

Pondré algunos ejemplos, todos sacados de la presente revista (aunque debo precisar, quizá para su consuelo, señor director, aunque no para el mío, que en este punto resultan indistinguibles casi todas las publicaciones nacionales). Así, de tal obra se nos dice que «sus protagonistas –quizá habría que hablar de heroínas- se lastran de eso que se denominaba en otro tiempo «sensibilidad femenina» (Revista de Libros, febrero 2000; entrecomillado del autor). De tal otra, profetiza el crítico, tras una reseña pésima, que dado «el amplio mercado de la novela femenil» (sic) en nuestro país, el bodrio en cuestión está llamado a ser «un éxito de ventas y lectrices» (re-sic) (Revista de libros, diciembre 1998). De una determinada autora nos dice el crítico que «ha abierto la caja de la emotividad» con la finalidad de «conseguir su grupo de lectoras incondicionales» (Revista de Libros, junio 1997; subrayado mío). Otra novela, acusada de «frivolidad y tontería”, se califica de «marujil» (Revista de libros, febrero 2000). Y así sucesivamente.

«Frivolidad», «tontería», «lectoras incondicionales» (o sea, sin criterio), «sensibilidad femenina» con retintín… Como vemos, las mujeres y lo femenino sólo aparecen asociadas a lo defectuoso. ¿Qué ocurre cuando una obra frívola, tonta, excesivamente emotiva… es de un varón? Veamos: «Su relato alarga en exceso las nimiedades sentimentales, se adentra con frecuencia en el territorio de la noñería», se nos dice por ejemplo de cierta novela masculina (Revista de libros, julio-agosto 2006). Ninguna alusión al sexo del autor o los presuntos lectores. Por lo visto, que una obra femenina sea ñoña, frívola, tonta, demuestra que las mujeres (escritoras o lectoras) son ñoñas, frívolas, tontas. Que una obra masculina sea ñoña, frívola o tonta no demuestra nada.

En este orden de cosas, hay un contraste que me parece curioso. Ya sabemos que en España se publican cada año muchos títulos nuevos -decenas de miles- y que el número de páginas de la revista es limitado. Si tenemos en cuenta, además, que de esas páginas, sólo una décima parte las dedican a obras escritas por mujeres, nos encontramos con un espacio verdaderamente escaso. Ello no impide a Revista de libros publicar críticas (a veces, sorprendentemente extensas) de ciertas obras femeninas con las que el crítico se ensaña (y aprovecha, como hemos visto, para descalificar a las mujeres en su conjunto). En cambio, cuando aparece una obra femenina de calidad, envergadura e importancia indudables, ¿qué ocurre? Le citaré un ejemplo que me parece especialmente sangrante: el de La gran diferencia y sus pequeñas consecuencias... para las luchas de las mujeres de Celia Amorós. No será necesario, espero, señalar la relevancia de esa obra: basta con saber quién es su autora. Se publicó en 2005 y obtuvo en 2006 el Premio Nacional de Ensayo (que ganaba por primera vez una mujer, en sus treinta años de existencia). ¿Cómo la acogió Revista de libros? Con el silencio. Tanto más clamoroso cuanto que sí reseñaron ustedes el Premio Nacional de Ensayo del año anterior y del siguiente...

Quede claro, señor director, que no me mueve ningún interés personal. Soy escritora, y hasta el momento dos de mis libros han sido reseñados en su Revista, el uno –hace años- muy negativamente, el otro –hace pocos meses- muy positivamente. Pero en tanto que mujer vinculada a la cultura, soy sensible al clima de sospecha, de desconfianza, de descrédito a priori, que se cierne sobre todas nosotras. Este clima, que no basta para explicar el que tan pocas mujeres accedan a la autoría y a la crítica, pero sin duda contribuye mucho a ello, se debe en gran parte a la labor –inconsciente, quiero creer, pero por eso mismo aún más eficaz- que ejercen algunos (y algunas) de quienes escriben en su revista. Ojalá esta carta contribuya a que entre todas y todos, cambiemos este estado de cosas.

Laura Freixas, escritora y presidenta de la Asociación Clásicas y Modernas para la igualdad de género en la cultura:

www.laurafreixas.com

Firman también esta carta las componentes de la Junta directiva de de Clásicas y Modernas:

Pilar Aguilar, crítica de cine
Margarita Borja, dramaturga
Ángela Martín, editora
Magüi Mira, actriz
Berta Ojea, actriz
Diana Raznovich, dramaturga y humorista gráfica
Alicia Romay, periodista
Una simple nota al pie
Ricardo García Pérez | Alpedrete
Muy Sres. Míos,

En el nº 147 de su revista, correspondiente al mes de marzo de 2009, el profesor Tortella firmaba bajo el título de «Los fantasmas de la pobreza y la superpoblación» una crítica de la obra «Economía para un planeta abarrotado», de Jeffrey Sachs, que tuve la oportunidad de traducir para la editorial Debate. Coincido en muy buena medida con las apreciaciones críticas del profesor Tortella, pero en una simple nota al pie (la nº 4, en la pág. 13) señala el sentido del título original de la obra, instruye sobre el juego de palabras implícito en él y desliza, cito textualmente, que «el traductor ha preferido orillar[lo]».

No es frecuente encontrar, ni siquiera en las revistas especializadas en crítica literaria, análisis fundados, o siquiera referencias razonadas, a la calidad de una traducción. Pero, no obstante, todos estos medios suelen acoger de buen grado las alusiones a la traducción que los reseñistas exponen, a menudo sin realizar siquiera un mínimo contraste con la obra original (cosa que, al menos, todo hay que decirlo, no sucede en esta ocasión). Por desgracia, en la crítica de una obra literaria la alabanza o el vituperio de una determinada labor traductora suelen aparecer de forma gratuita, condenando o elogiando a un responsable de la misma sin fundamentar someramente el juicio.

Es un tanto lacerante que en una simple nota al pie se despache un comentario así cuando, cualquiera que conozca mínimamente el funcionamiento del sistema editorial, sabe que el título con el que se comercializa una obra traducida no es una decisión del traductor o traductora responsable de realizarla, sino del editor a cargo de su publicación. No es este un extremo inexplicable en el mundo editorial pues, dado que es el editor quien ostenta los derechos de publicación de una obra, es a él a quien corresponde determinar el título bajo el que considera que presentará o venderá mejor su producto, siempre que se lo permitan otros agentes implicados.

En cualquier caso, el profesor Tortella no tiene porqué estar al corriente de este pequeño detalle, pero sí resulta un tanto grave que ningún redactor ni responsable de la «Revista de Libros», una publicación especializada en literatura, haya reparado en el mismo y haya propuesto a su autor una matización en la redacción de dicha nota para que no fuera el traductor el que apareciera como responsable del susodicho acierto o, por lo que parece desprenderse de las palabras del crítico, desacierto; y hablo estrictamente de confirmar la intencionalidad de ese comentario, y en modo alguno de censurar una opinión.

Dado que la referida alusión no es fiel a la realidad, y dado también que como traductor (una profesión que se ejerce de forma autónoma y, por consiguiente, en precariedad laboral permanente) puedo permitirme el lujo (profesional) de enmendar al crítico y dejar patente que la responsabilidad de la elección del título de una obra traducida recae sobre el editor, les agradecería que publicaran esta carta en lo que consideraría un acto de escritura de legítima defensa, pues no hay noticia en las hemerotecas de que un editor haya defendido de las críticas a un traductor; y hablo de defenderlo de una crítica vertida contra él, y no de lanzar un elogio de antemano para comercializar mejor su producto. Dicho más llanamente: acaso en otra editorial, o para otro traductor o traductora, explicitar la responsabilidad que al editor le corresponde de asignar un título a la obra que publica podría significar no volver a traducir para esa empresa.

Por lo demás, sería una buena noticia que una revista destacada de crítica literaria, como tantas otras del mercado de la prensa periódica, cuyas páginas se nutren en buena medida de obras vertidas al español desde otras lenguas, se incluyera alguna sección sobre temas relacionados con la traducción para que, ilustrando al tiempo que se deleita, no fuera tan fácil que se produjeran «daños [profesionales] colaterales» tan injustos e innecesarios como este. Sigue resultando lamentable que un entorno profesional tan dependiente de las traducciones reflexione tan poco sobre esta inevitable labor de mediación.

Para concluir, y en relación con el caso que nos ocupa, permítaseme añadir que la propuesta de traducción del título que se presentó a la editorial fue la de «Comunidad de riqueza», que no andaba muy descaminada de las que propone el profesor Tortella.
«Revista de Libros» ante las editoriales universitarias españolas
Antoni Furió | Valencia
«Revista de Libros» es una muy buena revista; sin duda, la mejor en su género de las que se publican en España. Las reseñas son de una alta calidad, verdaderos artículos de opinión, en los que los autores no se limitan a ofrecer una mera descripción informativa del contenido del libro ni a la práctica tan española de destrozar la obra del enemigo.

El paralelismo con revistas tan prestigiosas como «The New York Review of Books» o «The London Review of Books» es evidente. Sin embargo, estas dos revistas y en particular la primera prestan una gran atención a la edición universitaria. Por otra parte, también la mayoría de la publicidad procede de «university press», hasta el punto de que ésta parece ser el principal puntal económico de la revista.

¿Por que «Revista de Libros» no dispensa una mayor atención a las editoriales universitarias españolas? Hace ya años que éstas han experimentado una importante renovación, y hoy en día bastante de lo que se publica de interés en el campo de la cultura y el pensamiento, de las ciencias sociales y las humanidades, en nuestro país, se publica en editoriales universitarias.
Un bálsamo para amantes de la literatura
Olga Lucía Echeverri Gómez | Medellín
Felicitaciones a todo el equipo de «Revista de Libros». ¡Qué maravilla de revista! Es todo un bálsamo para los que amamos la vida a través del conocimiento, la buena literatura y el arte.

Por estos días he leído en el periódico de mi ciudad que andan por «aquí» en Colombia, mas exactamente en Cartagena. Recomendaré su revista y su página a todos mis alumnos y amigos.

Un abrazo,
Olga Echeverri
Instituto de Filosofía
Universidad de Antioquia
Felicitaciones desde Colombia
Iván Castro Rodelo | Barranquilla
Me impresionó el número 146 de la revista regalada en el Hay Festival de Cargagena de Indias. La temática escogida me hizo apoderarme de uno de los pocos ejemplares en la mesa. ¿Por qué? Bueno, soy pastor protestante en Barranquilla y sospecho que era el único en el festival; asi que,la estaré leyendo con mucha alegría y visitando el sitio con frecuencia.

Gracias por la revista,
Iván Castro
Claves para entender a Chesterton
Héctor Parra Riffo | Santiago de Chile
Sr. Director:

En relación con «La telaraña de Dios», publicado en el número 145 de «Revista de Libros», me pregunto cuáles son las claves para que Chesterton se mantenga tan vivo y lozano. Creo que puede ser porque él da lo que los lectores queremos: la tensión entre puntos de vista opuestos, la aparición inesperada de lo numinoso, muchas veces en vestuario cómico, la paradoja brillante, el gusto por lo local y la oposición a lo homogéneo.

O, porque simplemente es «un hombre muy inteligente, que se sienta y se ríe. Luego escribe alguna cosa. Y después se ríe de lo que ha escrito», como decía Alberto Mangel en su prólogo a «Correr tras el propio sombrero».

Atentamente,
Héctor Parra
Felicitaciones
Héctor Parra Riffo | Santiago de Chile
Sr. Director:

¡Felicitaciones! «Revista de Libros» en línea es realmente un sitio extraordinario. Gracias por acercar la revista a quienes vivimos tan lejos de Europa.

Como lector habitual del «Times Literary Supplement» y del «New York Review of Books», puedo decirles que, enhorabuena, tenemos una revista en castellano, al más alto nivel.

Les saluda desde Chile, su amigo lector,
Héctor Parra
fundación Caja Madrid